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NACIONALES, 14/08/2009

Gloria y caída del Gordo Valor

 

Sobre el famoso delincuente reflexionan Pablo Toledo, ganador del Premio Clarín de Novela 2009, y dos periodistas del diario: Josefina Licitra y Rodolfo Palacios.

En estas páginas se escribe sobre Luis Alberto Valor. Se lo nombra como “El Gordo”, “Papá Noel”, “El Santo Grial de la Maldita Policía”. El invitado Pablo Toledo, escritor, periodista de The Buenos Aires Herald, ganador del Premio Clarín de Novela 2009, encuentra cierta similitud entre el ladrón de camiones de caudales y los pejerreyes. Y dos periodistas del diario tienen algo para decir: Josefina Licitra desarrolla una premisa propia que asegura que el problema está en el taxativo apellido del personaje; Rodolfo Palacios, que conoce a Valor desde hace años, cuenta intimidades inéditas de una vida original. La vida de un señor que se creyó Papá Noel, se convirtió en el Santo Grial de la Maldita Policía y finalmente, fue pescado como un pejerrey. Tres hemisferios distintos, no tan distantes, y un personaje. Con ustedes, los artistas.

El pejerrey se pesca mejor donde muere el viento

Pablo Toledo

e l Gordo Valor asalta camiones blindados, que es como salir a cazar Velociraptor grandes como mamuts con caparazón de tortuga. ¿Alguna vez te pusiste a mirar de cerca un blindado? ¿Viste el tamaño que tiene? ¿La altura de la cabina, el ancho de la caja? ¿Las planchas de acero, los vidrios reforzados, las llantas a prueba de balas, los agujeros para asomar las armas de los custodios? Son cajas fuertes con ruedas. Usan motores de camión. Los caños de escape, los radiadores, las tapas del tanque de nafta están protegidos. Cada puerta pesa lo mismo que un auto pequeño. Para abrir el capó hay que tener herramientas especiales.

El Gordo Valor, para abrir los camiones blindados, usa tiros de FAL. El fusil automático liviano es un caño de acero de 533 milímetros de largo montado en un fusil de un metro que dispara hasta 700 proyectiles calibre 7,62x51 por minuto. Pesa 4 kilos y medio. Las Fuerzas Armadas argentinas adoptaron el FAL en 1955, aunque los primeros fusiles no llegaron al país hasta 1958. Fabricaciones Militares comenzó a fabricar el FM FAL en 1960. O sea que no hubo FAL en la Revolución Libertadora.

El Gordo Valor se pondría contento de saberlo. Conoció el FAL, dice, en un grupo de la regional San Fernando de la Juventud Peronista. “No aprendí en la calle a manejar un fusil o una ametralladora. Éramos zurdos, de la línea de Dardo Cabo, Dante Gullo, Jorge Todesca. ‘Hacíamos’ un auto y lo usábamos para difundir en las fábricas de la zona norte”. Su primera entrada a prisión, en 1975, fue por robo de autos, que él llama “apropiaciones”.

Adentro del camión blindado van dos guardias en la cabina y al menos uno más con el tesoro. Armados hasta el culo. Escopetas, pistolas, chalecos antibalas. Ratis de franco, milicos retirados. Alrededor, siempre cerca, patrulleros.

Para frenar y abrir un camión blindado hay que tener, dice el Gordo Valor, “pelotas y coraje”. Y varios FAL. Y ganas de trabajar. “Soy muy buen trabajador, porque yo era muy cumplidor. Me esmeraba mucho, salía de casa a las cuatro de la mañana y volvía a las doce de la noche. Caminaba mucho, le buscaba el defecto a la cosa”.

En los mejores tiempos de la superbanda, dice el Gordo Valor, llegaron a hacer cinco o seis blindados al mes. En cada blindado, uno o dos millones. Después de fugarse de Devoto, cuando lo vendió un supuesto amigo, lo fue a buscar el Chorizo Rodríguez a Lugano con setenta policías. Valor puso los términos para rendirse. Rodríguez lloraba, dice Valor. “Le dije que me matara ahí afuera y él me dijo: ‘¿Qué te voy a matar, Luis?’”. Rodríguez había inventado el mito de la superbanda para convertir las pesquisas de la maldita Bonaerense en hazañas de caza mayor, dicen. Después mintieron que el operativo se había realizado en la provincia: Rodríguez no tenía autorización para entrar a la Capital. “Me resulta asqueante intervenir en procesos donde los jueces tenemos que determinar quiénes son los delincuentes y quiénes los policías,” dijo el presidente del tribunal en el fallo. Dice Valor que, en temporada de blindados, “íbamos a comer asados con jueces y fiscales”.

Además de fusiles FAL, para abrir un blindado hacen falta tipos como La Garza Sosa, el Pelado Hidalgo, el Chaqueño Monzón. Ladrones de los de antes, dice Valor, los que no matan, no violan y no son alcahuetes. “Las generaciones nuevas son distintas, lastiman por lastimar, cualquiera viene y te pega un tiro,” dice. “En el 86 ya nos queríamos retirar. Pero los ladrones nunca se retiran. Demasiado dinero”. Hidalgo y Monzón cayeron cuando, con una pistola cada uno, asaltaron un kiosco. Se llevaron un par de paquetes de cigarrillos: era sábado a la mañana y la caja estaba vacía. La Garza Sosa salió de prisión y es representante de jugadores de fútbol en el conurbano. Valor cayó una vez más, dicen que con un DVD y un cheque de 2.000 pesos y una guitarra. Dicen que lo agarraron en un control aleatorio. Dicen, los mismos, el mismo día, que lo tenían vigilado desde hacía cuatro meses. El camión de TAB Torres que Valor dice no haber robado en La Reja, en el asalto donde murieron dos delincuentes y un policía por el que cumplió su más reciente condena en prisión, tenía una causa preventiva abierta y custodia permanente desde cinco meses antes del robo. Dicen.

Para asaltar un blindado, el arma más poderosa es la sorpresa. “El factor sorpresa te lleva a salir airoso siempre”, dice Valor. Colocar bien la gente, pegar los tiros justos, reducir los guardias, tomar el botín, rajar. “Sensación de triunfo”.

En 1995, Valor se escapó de la cárcel de Devoto. Cuatro presos disfrazados de enfermeros y uno de guardiacárceles. “Yo no fui el disfrazado de guardia,” dice Valor. Se va dos días con la familia, y después a la casa de un amigo. A veinte cuadras de Devoto. “Estuve dos meses inactivo. Me alejé 120 kilómetros de Buenos Aires. Iba y venía. Andaba como quería, pero de noche no. Si me encontraban a la noche, me pegaban un tiro en la boca”, dice. Un tiro en la boca. El Chorizo Rodríguez lo capturó, en Lugano aunque dice que en Morón. “Volví a tragarme la sombra”, dice Valor.

“Extraño la libertad. Me gusta hacer vida al aire libre, andar a caballo, pescar pejerrey, dorado”, dice Valor. El pejerrey se pesca mejor donde muere el viento. El viento sostenido satura el agua de oxígeno y de algas, ideal para los peces gordos. Cuando salen dos o tres pejerreyes grandes la pesca se corta en ese lugar: los demás peces perciben la pelea y se resisten a tomar alimento. No muerden la carnada. Los pejerreyes no son ladrones.

“¿Qué hará cuando esté libre?” “Primero quiero estar con mi familia. Trabajo no me va a dar nadie.” “Algún dinero le quedó…” “Para poner un negocio, tengo”. “¿Se arrepiente de algo?” “De haber estado lejos de mi familia. De eso”.

Dice el Gordo Valor que sus días más difíciles en la cárcel fueron cinco meses en 1987: su mujer estaba presa al mismo tiempo que él, pero en otro penal, y durante esos cinco meses no pudieron verse.

Justo cuando Michael Corleone creía que estaba afuera, lo volvieron a meter. Tony Soprano se fundió a negro. Tony el Gordo reaparece cada tanto, tan eterno como el agua y el aire.

Para cazar un blindado hay que interceptarlo, sacar de adentro a los guardias, golpearlos un poco, ponerles un arma en la cabeza, convencerlos de que si es necesario de ese caño van a salir proyectiles. Hacen falta policías.

Para cazar superbandas hay que encontrarlas, golpearlas un poco, ponerles una cámara de televisión delante, convencer a los que miran por televisión de que van a llevar la ley hasta sus últimas consecuencias. Hacen falta superladrones.

“Estuve en varios enfrentamientos, pero hemos tratado de irnos porque el sistema siempre tiene más gente”, dice Valor. El sistema, siempre, tiene más gente.

La importancia de llamarse Valor
Josefina Licitra

“¡Quién sabe por qué razón / me anda buscando ese nombre! / Me gustaría saber / cómo habrá sido aquel hombre”. Jorge Luis Borges, Jacinto Chiclana.

En la Edad Media hubo una corriente filosófica llamada “nominalismo”. De todo lo que podría decirse de ellos, lo único que ahora tiene sentido es esta parte: para los nominalistas, la justicia, la nación, el valor y las otras abstracciones no existían en el plano de lo real, sino que eran flatus vocis; algo así como aires, por no decir eructos, nacidos y crecidos en las cuerdas vocales. Los nominalistas estaban convencidos de que sólo eran reales las personas y los nombres que a estas personas designaban; un modo de pensar que luego retomaron varios, entre otros Jorge Luis Borges, cuando escribió que “en las letras de rosa está la rosa / y todo el Nilo en la palabra Nilo”.

Por todo esto, si los nominalistas tuvieran algo de razón, si fuera cierto que las palabras señalan a las personas y que un nombre es también un origen y un destino individual, entonces cabe preguntarse qué eventuales consecuencias puede traer llegar al mundo con el apellido “Valor”. En qué medida ese apellido no es, de alguna forma, una pronunciación macabra. Una exaltación y una condena.

Desde que tiene memoria, el Gordo Valor se sobrepone al temor que supone el ejercicio del delito a gran escala, y afana. Camiones blindados, bancos, fábricas: afana. Afana tanto que allí donde alguien dice “afanar” el Gordo Valor dice “hacer”. Valor “hace” blindados, bancos, fábricas. Estudió la primaria sin saber que el resto de los estudios los terminaría en la cárcel. Trabajó un poco como tornero. Su madre se ilusionó: “Me salió mecánico, decía mi viejita, la pobre”, le contó Valor a Rodolfo Palacios, colega de Crítica de la Argentina y maravilloso experto en rufianes, a cuyas entrevistas pertenecen las citas textuales que hago en este artículo.

De ahí en más, cuando el nombre es en sí mismo un relato épico, lo que sigue, inevitablemente, se parece mucho a la literatura. Porque el Gordo Valor robó hasta seis blindados por mes, iba armado a lo grande, tenía unos amigos que mejor ni te cuento. Pero lo que mejor hizo, su mayor hazaña, fue transformar su vida en un folletín cautivante. Valor no sólo robó fortunas: se fugó de la cárcel de un modo cinematográfico; nunca mató “de más” (suponiendo que hacer cuentas, en este caso, tiene sentido); y guarda ese discurso nostálgico de la “escuela Corleone”, que incluye la exaltación de los códigos (“La superbanda respetaba los códigos de la calle. Respetábamos la vida de la gente. No se mataba, no se violaba y no se secuestraba. No se le robaba a un pobre”); la añoranza de los viejos tiempos (“En la actualidad, con los avances tecnológicos, es más difícil robar un banco. Antes les mostrabas una escopeta de madera y te abrían la puerta con miedo”) y el culto a la familia.

Ah, y se decía peronista de Perón.

Y encima armó una superbanda.

Y además tenía un archienemigo: el comisario Mario “Chorizo” Rodríguez, uno de los referentes de la “maldita policía”. Cuando la madrugada del 19 de mayo de 1995, después de haber estado prófugo durante doscientos cuarenta y cuatro días, Rodríguez lo atrapó, la escena parecía un enfrentamiento de película italiana.

–Yo me entrego –dijo Valor a Rodríguez y a los setenta policías que rodeaban una casita en Lugano–, pero no toquen a mi familia ni a la gente de la casa. Vos me matás afuera.

–¡No! Qué te voy a matar, Luis –respondió Rodríguez, y se largó a llorar de la emoción.

Valor, en ese entonces, era el Santo Grial de la maldita policía: quien lo encontrara tendría unos cuantos problemas resueltos. Y eso, que en parte respondía a las conveniencias de la Bonaerense, también era el resultado de una biografía implacable: Valor siempre fue responsable de la construcción de su mito. De todas las formas de robo (a mano armada, de guante blanco, a personas, a empresas, millonarios, rateriles, con muertos, sin muertos), Valor seleccionó aquellas que podían convertirlo en leyenda: robó a punta de escopeta, fusil y metralleta –una señal de bravura–, a camiones blindados, fábricas, bancos –una marca de nobleza–, para llevarse una montaña de dinero –un síntoma de ambición–, sin dejar demasiados muertos en el piso –porque en el fondo el Gordo es bueno–, y coronando sus entradas y salidas de la cárcel con una fuga espectacular.

Ocurrió el 16 de septiembre de 1994, en el penal de Devoto: junto a Hugo “La Garza” Sosa y a otro puñado más de impresentables, escapó de prisión disfrazado no queda claro si de médico o de guardiacárcel. Lo que sí se sabe es que se descolgó de las sábanas por un paredón. Y que, en una remake espontánea de Expreso de medianoche, se fue por la calle a paso lento, como un auténtico profesional.

Doscientos cuarenta y cuatro días después de este episodio, Valor, el hombre más buscado del país, fue encontrado por Rodríguez y sus lágrimas. De entonces en adelante, pasó quince años en la Unidad Penal Nº 21 de Campana –condenado por más superasaltos que los que puedan entrar en un currículum– y salió de allí el pasado 8 de diciembre de 2007, cuando la Cámara de Apelaciones consideró que las condenas no estaban firmes.

Durante los últimos años adentro del penal, Valor cursó el colegio secundario, se dedicó a leer a Montesquieu, se hizo diestro en el armado de barquitos y flores de madera, y devino el rey de un pabellón que sus amigos bautizaron como “El castillo del Gordo”. Valor, en síntesis, se transformó en el Barreda de los chorros. Porque era un criminal al que le palmearías el hombro. Porque era una suerte de justiciero social (si Barreda achuró a sus opresoras, Valor la emprendió con el sistema bancario, que bastante mala prensa tiene en todas partes). Y porque tanto Barreda como Valor representaban y representan, con sus historias, el problema de la literatura: cuando sos un personaje, alcanza con que seas verosímil. Pero nadie –por afuera del sistema judicial- te interpela ni te exige verdad (si alguien saliera del ideal romántico del chorro, podría preguntarse –por ejemplo- qué tipo de consecuencias morales puede traer la frase exculpatoria “el que roba al ladrón tiene cien años de perdón”, esto es: la propiedad transitiva aplicada al ojo por ojo, a esa ley del talión que defendió Susana Giménez con su frase: “El que mata, tiene que morir”).

Hoy, a dos meses de cumplir los 56 años, Valor –como el decadente personaje de “Al ladrón, al ladrón”, ese entrañable tema de Joaquín Sabina– cayó preso por una auténtica estupidez. El 31 de julio pasado lo frenaron en un control de tránsito en el partido de Malvinas Argentinas y él –a quien siempre sobran los motivos para ponerse nervioso– por si acaso contestó a los tiros. Lo que siguió fue una persecución que terminó con Valor estampado contra un árbol.

–Ah, vos sos el Gordo Valor –le dijo el policía mientras le ponía las esposas.

–Sí, me duelen la cara y las costillas. Llevame al hospital.

Ahora, Valor está una vez más en prisión. Dicen que anduvo robando en countries y que en alguno de esos tours se afanó una guitarra. En cualquier caso, el mayor miedo de Valor es que ahora lo terminen vinculando con todos los grandes robos que ocurrieron desde abril de 2007 hasta el día de hoy.

Hace bien en preocuparse.

–¿Cuál es su mayor condena? –le preguntó el colega Palacios a Valor, en una entrevista durante el año 2007.

–Llamarme Luis Valor. Portación de apellido –contestó él.

Y de alguna forma dijo todo.

El tornero de San Fernando
Rodolfo Palacios

¿De qué trabaja tu papá? –preguntó la maestra a una de sus alumnas de primer grado.

–Siempre sale de viaje. Vuelve cansado, en un camión lleno de cosas que reparte entre los vecinos. Mamá dice que trabaja de Papá Noel –respondió la chica.

Cuando iba a la escuela, hace más de 30 años, nunca fue fácil para la hija mayor de Luis “El Gordo” Valor explicarle a la señorita a qué se dedicaba su padre. Tampoco le es fácil explicarlo ahora ante su jefe, en su trabajo de oficinista en el microcentro porteño. A veces tiene ganas de gritarlo: “¡Mi viejo choreaba bancos y blindados!”. Para ella sería sacarse una mochila pesada. Pero esa revelación siempre le queda atragantada. Prefiere ocultarla aunque duela. “Mi viejo era tornero. Ahora está jubilado”, dice cuando le preguntan cuál es el oficio de su padre.

Los tres hijos del ex líder de la superbanda recuerdan una imagen de la infancia: su padre los despertaba por la noche para saludarlos con un beso a cada uno y se iba cargado con bolsos. Volvía un par de días después, bajaba bolsas de un camión y las repartía entre sus vecinos: tenían cajas de arroz, paquetes de fideos, botellas de gaseosa y latas de arvejas. Eran los años 70. Tiempo después, sus hijos descubrieron que no trabajaba como Papá Noel: robaba camiones con mercadería a punta de pistola.

Por ese entonces, Luis Alberto Valor era un desconocido para la prensa. En las décadas del 80 y 90 lideró una superbanda que robó más de 30 blindados y bancos. La fama le llegó el 16 de septiembre de 1994, cuando se fugó de la cárcel de Devoto disfrazado de médico, descolgándose de varias sábanas anudadas. El tornero de San Fernando se había convertido en un mítico delincuente. En menos de un año volvió a ser detenido por el frustrado robo de un blindado en La Reja, Moreno, donde fue asesinado un policía. Valor y sus cómplices acusaron al entonces comisario Mario “Chorizo” Rodríguez, de la “Maldita Policía”, de inventarles una causa.

Nadie sabe cuánto dinero robó Valor en toda su carrera delictiva.

–¿Dónde guardaba la plata que robaba? –le preguntó hace poco más de tres años María Laura Santillán en una entrevista que salió en el programa Fiscales.

–En el banco, ¿dónde quiere que la guarde? –respondió Valor con cara de pícaro.

Los hijos del famoso ladrón –dos de ellos siguieron sus pasos delictivos– desmienten esa respuesta: dicen que su padre guardaba los billetes de 100 dólares en cualquier rincón de la casa: en la alacena, debajo del sillón y en los cajones.

El Gordo Valor siempre renegó de la mala fama que le hicieron la policía y los medios, pero también trató de usarla a favor. En pleno auge de su carrera delictiva, en los 90, su mayor delirio era crear una cadena de restaurantes Valor y facturar millones mientras él se dedicaría a tomar whisky con hielo en un amplio sillón; sin necesidad de sorprender a un custodio de blindados, huir de la policía o disparar fusiles. Hasta quiso patentar su apellido como marca. Rechazó ofrecimientos para hacer una película sobre su vida, aunque le gustaba el cine de Adrián Caetano y de Bruno Stagnaro. Cuando vio la película Un oso rojo, Valor quedó maravillado con el ladrón solitario del conurbano interpretado por Julio Chavez. “¡Quiero que este tipo haga de mí!”, le dijo a un compañero de celda. Pero sus hijos dicen que tiene los gestos de Rodolfo Ranni: la postura que tenía al fumar y la forma de rascarse la panza. Valor aún sueña con que su vida llegue al cine, como pasó con dos bandoleros históricos: Mate Cosido fue representado por Víctor Laplace y el Pibe Cabeza por Alfredo Alcón. Al igual que ellos, al Gordo Valor se lo conoce por su apodo.

Su fama es equivalente a su ingenuidad. En enero de 2008, pocos días después de haber salido en libertad, se le acercó un misterioso hombre que se presentó como el mánager de Los Sultanes, el grupo que cantaba “estoy saliendo con un chabón”. Lo invitó a almorzar y le propuso manejarle “la carrera”. Le dijo que Tinelli quería hacer una película sobre su vida. El Gordo le dio dinero. El tipo no volvió más. Aclaración: ni siquiera era representante de Los Sultanes.

“Mi mayor condena es llamarme Luis ‘El Gordo’ Valor”, me confesó el famoso ladrón cuando lo conocí, en junio de 2007, en la cárcel de Campana. Esa tarde me hizo recorrer todos los pabellones. “Acá apuñalaron a un pibe por robar zapatillas”, me dijo mientras señalaba el pabellón de refugiados. Cuando pasamos por el sector de evangelistas, contó: “El otro día vino un flaquito de Sierra Chica, casi moribundo. Le dimos una frazada y un plato de sopa. Ahora está bien cuidado”.

Valor no es verborrágico y sólo cuenta hasta donde puede. En una de las entrevistas que le hice, reconoció que ahora era difícil robar:

–En la actualidad, con los avances tecnológicos, es más difícil robar un banco. Ahora, les dan más clases a los guardias y hay alarmas por todos lados. Antes, para los delincuentes era mucho más fácil robar. Les mostrabas una escopeta de madera y el custodio te abría la puerta con miedo. Muchos de los blindados eran de lata. Y los guardias se hacían los héroes porque les daban un premio. Viví bien. Pero no fui millonario ni pobre. La fama es puro cuento. Me costó, hasta ahora, 15 años a la sombra.

El Gordo estaba cómodo en la cárcel de Campana. Logró que un proyecto suyo y de Marta Curti, una voluntaria religiosa, rompiera la burocracia: las autoridades penitenciarias aprobaron la creación del centro universitario Libertad. Además, pidió donaciones para la biblioteca, donde sobresalían El espíritu de las leyes, de Montesquieu, y Sonata para piano, de Beethoven. Pero a la hora de los libros, se corría a un costado y les decía a sus compañeros: “Lo mío ya terminó. Estudien ustedes”. A él le gustaba fabricar barquitos con cajones de fruta y palitos de helado.

El otro triunfo del Gordo fue ampliar la hora de la visita higiénica, el eufemismo carcelario para definir el encuentro sexual que tiene el interno con su esposa o concubina. Ese beneficio fue creado hace más de medio siglo por el entonces jefe penitenciario Roberto Pettinato, padre del músico y conductor televisivo.

Visité a Valor dos veces más. Una mañana fría de agosto organizó un festival por el Día del Niño. Pidió a varios gremios que donaran dinero para alquilar un pelotero y comprar cinco bicicletas para sortear. Los hijos de los internos recibieron globos, muñecas y pelotas de fútbol. Un preso se disfrazó de payaso harapiento. Valor estuvo en todos los detalles: cocinó empanadas y pizza.

Lo liberaron el 7 de diciembre de 2007. Hablé por teléfono con él cuatro o cinco veces. La libertad lo mareaba. Se sentía perseguido todo el tiempo y desconfiaba hasta de los linyeras porque creía que eran policías infiltrados. Le costaba caminar más de tres cuadras y de noche despertaba sobresaltado, creyendo que estaba en su celda. Decía que estaba retirado y daba charlas para jóvenes detenidos en la fundación San Camilo. Quería casarse e irse de luna miel con Nancy Collazo, su fiel pareja desde hace 24 años. La última vez que hablé con él, hace cinco meses, me dijo que estaba enojado porque Lilita Carrió lo había comparado con Kirchner. “Nunca les robé a los pobres”, dijo antes de cortar.

La libertad le duró poco. La Policía Bonaerense, su vieja enemiga, lo detuvo después de una persecución por la Panamericana. Un video lo mostró ensangrentado, con la mirada triste, como trofeo de dos policías que reían. Le habían encontrado objetos robados –entre ellos una guitarra criolla de 100 pesos– y cuatro armas. “Está todo armado. Fui burlado en mi buena fe”, me escribió Valor en una carta, desde Sierra Chica. Hay dos opciones: miente o la Bonaerense inventó otra causa; no sería la primera. De comprobarse la acusación, Valor no habría hecho más que destruir su mito. De asaltante de blindados pasó a ser un torpe ladrón de casas. De la fama al ocaso. De ser así, su hija sabría qué responder cuando vuelvan a preguntarle cuál es el oficio de su padre: “Es un pobre ladrón de guitarras”.
 


 

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